Queridos amigos de la Casa de Sirio:

 

 

 

Este año nuevamente, como lo hemos hecho ya por espacio de los diez anteriores, nos alistamos para emprender un nuevo viaje a una hermosa región situada en las cercanías de la Selva Amazónica Peruana. Allí, donde los manantiales brotan puros y limpios y las aves surcan libres los firmamentos; allí donde la vida, la luz y la hermandad, allí haremos un bello retiro llamado  “El Retiro del Esplendor”.

 

 

 

Llegaremos al “Valle de la Luna Azul” de la mano de nuestros grandes amigos del cielo.

 

 

 

Nuestro buen amigo Mer, aquel gran sabio de la Antigua Lemuria conocido entonces como Aramu Muru, quien es hoy el gran Abad del mundo intraterreno de Miztlitlán y en compañía de su aspecto cósmico femenino, la señora Mara, gran Abadesa del Monasterio del Lago Titicaca o Retiro Interior, serán nuestros anfitriones en esta gran cita cósmica a la que llegaremos llenos de ánimos, amores y alegrías.

 

 

 

Ahí, en el corazón de ese bello Valle, habita una montaña, la más alta de cuantas allí yerguen al cielo sus cimas. Su nombre es la montaña sagrada, el Monte del Guardián o El Templo de La Vida.

 

 

 

Pero… ¿qué es lo que guarda aquel silencioso coloso que enarbola hacia el sol sus cumbres? Y  ¿cuál trono sagrado se planta ante aquella tierra virgen?

 

 

 

Hace muchos años, varios miles tal vez, una gran raza de sabios habitó en un continente en medio de las frías aguas del Pacifico. Lemuria era su nombre. Ahí los hombres convivían en paz y armonía, eran de altas inteligencias y manejaban las magias de los cristales y los elementos, con la fuerza de las mentes y la armonía de su ser.

 

 

 

En el corazón de aquella gran civilización existía una montaña que era el núcleo de la vida espiritual de esta raza de sabios.

 

 

 

En su cima, plantada cual corona resplandeciente, los Lemures protegieron un Gran Disco Sagrado, hecho del más puro metal de oro; tan puro que era casi translúcido y su luz tan intensa, tan supremamente resplandeciente, que radiaba iluminando hasta cientos de kilómetros a su rededor.

 

 

 

Por ese gran Disco, los Lemures, dirigidos por el Consejo de los Sabios de Lemuria, hacían grandes maravillas: calmaban la furia de las tormentas del agua, del fuego y del aire que alguna que otra vez alzaban su voz. Hacían por él, crecer las cosechas. Movían por él, grandes moles de piedras para fabricar sus templos iniciáticos y sus pirámides sagradas.

 

 

 

Por la vibración de ese gran Disco, que era guardado por el gran abad del templo del Disco Solar como era por ellos llamado, calmaban terremotos y hasta traspasaban dimensiones de tiempos y espacios para llegar desde y a otros mundos aún allende de nuestro  propio sistema solar.

 

 

 

Cuando el tiempo de los Lemures fue llegando a su fin, como es propio de las eras y los ciclos de los mundos de la creación, uno de aquellos sabios ancianos fue encomendado para llevar a un nuevo lugar el afamado Disco que sería la antorcha de la nueva y gran civilización que allí florecería.

 

 

 

Fue así como el señor Aramu-Muru en compañía de Arama-Mara, lo tomó y partieron juntos hacia una Tierra continental recién emergida del seno cálido del océano madre: La América del sur.

 

 

 

Cruzando los espacios hallaron cerca de las costas del pacifico, una altiplanicie que a miles de metros sobre el nivel del mar aún alojaba en su centro una gran extensión de agua salobre: habían llegado al lago Titicaca.

 

 

 

Aramu-Muru, el gran Mer, depositó el sagrado Disco en las profundidades del melodioso lago del Titicaca, en espera de que en un futuro aún por llegar, la conciencia de una renovada civilización alcanzara las alturas donde el amor y la bondad habitan, para ser de nuevo encendido y despertado para irradiar su luz y el conocimiento en un nuevo amanecer para la raza humana.

 

 

 

Las centurias corrieron y con ellas las eras.

 

Llegó el momento sagrado de cambiar de nido al mágico Disco.

 

 

 

Fue así que Aramu-Muru penetró las profundidades de las cristalinas aguas del Titicaca y en un vehículo sagrado, construido con el saber de las altas tecnologías de los sabios Lemures, emergió de ellas para surcar rasante los cielos y dirigirse a las cálidas tierras más allá de las llanuras y mesetas, en busca de una región resguardada por colosales tallos, bañada por manantiales cristalinos a doquier y donde las aves silvestres, los bellos caimanes y los felinos indómitos convivían en paz y armonía, no tocados jamás por la flama ardiente de la ley del fuego.

 

 

 

Aquella sería la tierra elegida para ser el habitáculo sagrado de tan maravilloso tesoro.

 

 

 

Pero este no era un tesoro medido en quilates, aunque de oro puro fuera. Este Disco era valioso, magnífico y formidable porque se constituía en sí mismo en la representación sagrada y el depositario divino del conocimiento universal de la energía, la fuerza y la luz llegadas a este bello mundo desde los mismísimos confines de la galaxia.

 

 

 

Este Disco Solar fue encendido por pedido y decreto de los grandes consejos supremos del universo, los portadores de la luz del conocimiento y construido por la mano propia de los seres creadores, aquellos sembradores que galopan los mundos universales plantando en ellos la semilla de la ley de Dios.

 

 

 

Sus ciento cuarenta y cuatro toneladas y sus cuarenta metros de diámetro fueron así posadas plácidamente bajo los pies de la gran montaña que dominaba imponente la imperturbable paz de ese precioso edén.

 

 

 

 

 

Transcurrieron muchos siglos que le dieron al tiempo sus aromas y los relojes universales sus pasos a la evolución de la creación, y un bello corazón de luz hecho Disco refulgente esperaba paciente para ser traído de nuevo al pálpito sagrado de la vida... Siempre estuvo allí… Solamente estaba dormido…Y aguardaba.

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

 

LA LLEGADA DE MER

 

 

 

Corre el año de mil novecientos noventa y dos. Nos encontramos reunidos un pequeño grupo de amigos para dar inicio a nuestro esperado encuentro de “los mensajes de la semana” como era ya habitual desde unos cuatro o cinco años atrás. En aquel entonces Raúl Yépez Balcázar ya era un gran canalizador de los mensajes enviados por maestros y seres de luz que nos brindaban consejo y enseñanza a su través.

 

 

 

Durante unas maravillosas cuatro o cinco y en ocasiones hasta siete u ocho horas, teníamos la oportunidad de preguntar, indagar y buscar respuesta para tantos y tantos interrogantes que en nuestro interior se albergaban acerca de nosotros mismos, de nuestra cotidianidad, pero igualmente sobre el devenir y el transcurrir de la vida universal. 

 

 

 

Aquellos bondadosos enviados de la luz respondían pacientemente a cada una de nuestras solicitudes con el amor y la belleza propias de quienes han llegado al entendimiento y la comprensión plenas, una vez se trasciende la franja donde el egoísmo habita.

 

 

 

El saludo de su parte fue tan bello y reconfortante como solía ser.

 

 

 

Habíamos llegado a Mer y Mer había llegado a nosotros.

 

 

 

A través de los tiempos, el Señor Aramu Muro o Mer, el mismo de los Lemures, de los Incas, de los Egipcios, de los Aztecas y de muchos otros, el mismo que habitó tantos nombres, pero en esencia el mismo señor lleno de sabidurías, el gran sembrador de vida y de conocimiento universal y el mismo guardián sagrado del Valle donde la Luna arrebola sus rayos de azul y el Disco del Sol posó sus pétalos dorados, nos fue presentado para saber de su existencia y con ella de su misión.

 

 

 

A partir de ese momento y poco a poco, aquel nuevo amigo comenzó a impartir sus enseñanzas a través de las canalizaciones que de él hacia Raúl.

 

 

 

viaje primero: La conquista del Valle

 

 

 

De la mano de nuestro nuevo guía y amigo tomamos un autobús con destino a la ciudad de Juliaca desde donde emprenderíamos rumbo al anhelado “Valle de Mer”.

 

 

 

Luego de un día de preparativos y de visitar algunos mercados, nos enrutamos en dirección a las montañas, donde las nieves son perpetuas y el sol brilla como el diamante.

 

 

 

Lejos estábamos de imaginar cuántos momentos, peripecias y aventuras pronto viviríamos.

 

 

 

El día corría y la noche se acercaba.

 

 

 

Y en aquel pequeño y destartalado busecillo pasábamos las horas mirando asombrados aquella magnitud de blancura; paisaje solamente interrumpido por algunos rebaños de alpacas y llamas salvajes que cruzaban libres por allí.

 

 

 

La noche llegó. Y con ella el frío.

 

 

 

Acurrucábamos nuestros cuerpos en aquellas incómodas banquillas. Tiritábamos del frío, tal vez porque nunca pensamos que en la búsqueda del maravilloso Valle tuviéramos que cruzar las cumbres más altas de las montañas de América.

 

 

 

Para algunos la noche fue extenuante, pero entusiastas compartimos nuestras mantas y aquellos que se habían hecho a un buen par de guantes de alpaca desnudaban sus manos para permitir que algunos otros, menos precavidos o afortunados, trajesen algo de calor a sus coyunturas.

 

 

 

La noche fue larga pero la determinación era alta y grande y poco a poco, con la llegada del alba, comenzamos a descender de aquellos empinados riscos por unas trochas tan supremamente estrechas como jamás habíamos visto.

 

 

 

Con la llegada del sol fuimos levantando nuevamente nuestras alegrías y seguimos nuestro viaje entonando hermosas canciones.

 

 

 

De vez en vez nos deteníamos ya era para evacuar nuestras cargadas vejigas, ya para preparar algún improvisado sándwich de queso, o para estirar nuestros engarrotados miembros, sin dejar de aprovechar la ocasión para tomar algunas fotografías de aquellos desconocidos e indómitos parajes.

 

 

 

Conforme íbamos descendiendo el clima se tornaba más tropical y aquel paisaje árido de nevados y estepas poco a poco se fue cambiando por verdes montañas; ya veíamos arbustos y árboles y escuchábamos a las aves cantar.

 

 

 

Comenzamos a encontrar gente de la región, ataviados con sus multicolores vestidos típicos.

 

 

 

Su tez era cobriza, sus ojos y cabellos negros color azabache y sin un solo vello en sus barbas, hablaban para nosotros un lenguaje inentendible.

 

 

 

Fuimos cruzando pueblitos y poblados y para la caída de la tarde del segundo día de nuestra travesía ya no quedaba rastro de las blancas nieves.

 

 

 

Eso sí, en épocas de lluvias, como eran aquellas, todo fue reemplazado paulatinamente por barriales y lodazales.

 

 

 

Veíamos pasar gigantescos camiones cargados de gentes con unas llantas de un tamaño inconmensurable apenas hechas para soportar aquellos terrenos no aptos para los cómodos automóviles en los que acostumbrábamos viajar.

 

 

 

Nuestro bus parecía una pequeña hormiguilla comparado con aquellos monumentales Volvos de gasolina diesel. No fueron una, ni dos, ni tres sino tal vez seis o siete u ocho las veces que atascados y plantados quedamos en cualquier lodazal de aquellos caminos.

 

 

 

Nuestros vestidos blancos y de colores alegres, para el comienzo de la noche, eran solo un recuerdo. Estábamos llenos de lodo y barro, pues llego el momento donde los privilegiados pasajeros de aquella expedición tuvimos que unirnos a la plantilla de conductores y ayudantes, si queríamos que nuestra nave despegara afuera de aquellos pantanos.

 

 

 

Finalmente, la noche se adentró para encontrarnos en el medio de ninguna parte, sin saber dónde dormir ni qué hacer.

 

 

 

Qué grandeza y qué belleza era todo aquello.

 

 

 

Persistíamos firmes en nuestro propósito; tal vez algunos decaían en su ánimo pero aquellos otros firmes en la determinación de seguir adelante, los animaban y abrazándonos renovábamos nuestro espíritu y nos uníamos para continuar lo que juntos habíamos iniciado.

 

 

 

Pasamos la noche en una pequeña escuela abandonada de un recóndito paraje del bello Perú.

 

 

 

Y con la mañana se reinició la marcha.

 

 

 

Para entonces, el conductor del bus había roto su compromiso diciéndonos que no continuaría más con nosotros. Sin ninguna opción a diálogo dio media vuelta, dejándonos allí a la vera del camino.

 

 

 

El reto era seguir adelante y así lo hicimos.

 

 

 

Fue necesario dejar a la vera del camino muchos implementos que representaban para nosotros la comodidad, pero que para el momento constituían no más que un lastre en nuestras espaldas.

 

 

 

Empacamos en los morrales solamente lo más necesario, lo que pudiéramos cargar y a pié continuamos nuestra marcha hasta llegar a un pequeño pero bello y gran poblado lleno de amores y de melodías sagradas donde sus habitantes y en particular un sacerdote chileno, el Padre Gabriel, nos acogió en sus brazos, abriéndonos de par en par las puertas de su iglesia y de su escuela para que pudiéramos descansar de aquellos días de dificultades.

 

 

 

Bañamos nuestros cuerpos, rasuramos nuestras barbas, cambiamos nuestros ropajes y dimos a nuestros paladares un manjar de sabrosas y dulces frutas tropicales: naranjas, mandarinas, papayas. Y también pan fresco y bebidas calientes.

 

 

 

Qué delicia fue todo eso.

 

 

 

Allí conseguimos nuevamente un transporte, un hombre que se ofreció a llevarnos más adelante en nuestro empeño de encontrar el Valle Sagrado, esta vez no al interior de un cómodo bus sino en el mismo volco de un enorme camión. Todos tomamos nuestros sitios dispuestos a continuar nuestra jornada.

 

 

 

Avanzamos en aquellas seis u ocho horas más distancias que la recorrida en las últimas cuarenta y ocho, hasta que finalmente, en un enorme lodazal, nuestro caballo de acero plantó sus llantas y no se movió más.

 

 

 

Durante más de cinco horas, algo más de cuarenta o cincuenta hombres sin distingo de origen e idioma, compartimos el propósito común de esforzarnos hasta el límite buscando mover el pesado gigante para continuar con nuestra aventura.  Pero no era posible.

 

 

 

En un momento determinado nos propuso Raúl que le pidiéramos al gran señor Mer que nos sacara de aquel atolladero; inmediatamente nos colocamos en posición de recogimiento haciendo aquella petición.

 

 

 

En los siguiente quince minutos, como por arte de magia, estábamos ya raudos de nuevo en nuestro camión para ir a buscar el lugar donde daríamos a nuestros cansancios la bella melodía del sueño reparador.

 

 

 

Era la tercera noche desde nuestra salida de Juliaca. Grande era el haber sabido ahora que estábamos entrando en los reinados del Señor Mer. Cerca estábamos de nuestro objetivo y eso nos animó a seguir más.

 

 

 

Nuevamente fueron los grandes y empolvados salones de una escuela rural aquellos destinadas a dar asiento a nuestras bolsas de dormir.

 

Allí pasamos la noche.

 

 

 

A la mañana siguiente fue de nuevo Raúl quien alegremente nos despertó diciendo -He recibido un mensaje que dice así: “Honores, honores, honores a ustedes los altos Señores de la Tierra, valientes y hermosos. Los altos Señores de las jerarquías blancas Universales de los mundos de Sirio, de los mundos de Orión, de los mundos de Lura, de los mundos de Eridiani, de los mundos de Hércules, de los mundos de Taigeta, de Merope, de Coele, de Alción y de muchos otros lares, les envían de sus saludes y de sus altas felicitaciones porque han llegado al lugar de lugares de su bello planeta. Están en las puertas de lo llamado por ustedes “El Valle de la Luna Azul”. Están aposentados en los bellos reinos del gran Señor Mer. De ahora en adelante Él será su bello y gran anfitrión. Él les cuidará y les protegerá. Allí nada les sucederá. Grabados están cada uno de sus nombres en los registros akásicos del Sistema Solar y aún de los Grandes Sistemas de las estrellas de Pléyades. Honores, honores a ustedes”.

 

 

 

Todos saltábamos de alegrías porque nuestra misión iba muy bien encaminada.

 

 

 

Elevamos cantos llenos de amores, de melodías y de altas bellezas como quien hace un brindis solemne ante la labor hecha con total determinación.

 

 

 

Empacamos nuestras cosas y morral al hombro seguimos un poco más adentro dispuestos a encontrar una pequeña zona situada en la convergencia de dos ríos.

 

 

 

Ésta era quizás la única referencia, la única pista, una señal sobre el destino final de nuestros pasos. Pero faltaba aquello, encontrar una nueva Mesopotamia, una nueva tierra entre dos ríos. Allí plantaríamos nuestras carpas para decir por fin ¡Hemos llegado!

 

 

 

Y no fue difícil.

 

 

 

Unas dos o tres horas más adelante hallaríamos una pequeña zona situada en la convergencia de dos grandes ríos, el Valle de los dos ríos, el Valle de la Luna Azul.

 

 

 

Y en un selvático bosque cubierto de árboles de mandarina, papayas y paltas abrimos espacio y asentamos nuestras carpas.

 

 

 

Allí, a través de una canalización hecha por Raúl, nos dijo el maestro Rama:

 

 

 

“Han llegado Ustedes a lo que llaman el Chacra del Plexo Solar de su mundo. Ese será el nuevo centro de las altas energías de su bello planeta. Antes lo fue Egipto y por ello de las Pirámides. Luego lo fue el Tíbet. Hoy es y será el Valle de la Luna Azul”

 

 

 

Estas fueron las palabras que el maestro Rama dictaba en relación con el lugar donde plantamos nuestro campamento. No eran arroyos cristalinos, no eran verdes praderas de suaves y delicados pastos lo que encontramos allí. Era selva virgen, bosque sagrado, un mundo aún no tocado por la mano de la civilización.

 

 

 

Y ésta fue la respuesta que de nuevo, ante nuestras inquietudes silenciosas y ante nuestros pensamientos dudosos, el maestro Rama nos respondió:

 

 

 

“Ése será el nuevo paraíso de su bello mundo. ¿Acaso piensan que si los altos seres del cielo no hubiesen cuidado tan hermosamente bien en las leyes naturales, en las selvas, en aquellas bella aguas y vegetaciones que ustedes califican en su pensamiento humano de incomodidades, habrían encontrado hoy el nuevo centro de iluminación de su humanidad? El Ser humano siempre es de destruir y destruir y destruir su mundo, de sus animales, de sus aires, de sus aguas, de sus tierras, de sus mares y aún de su propio ser de hermano. Si este bello lugar fuese lo que ustedes dan del pensar en sus mentes, la codicia de los hombres ya le hubiera destruido. No califiquen lo que no  entienden. Allí hay un paraíso, escondido ante sus ojos. Acábenlo de construir. Para eso les he llevado allí. Esa es su gran misión”

 

 

 

Y durante más de una semana estuvimos recorriendo aquellos bellos parajes.

 

 

 

De la mano de aquella bella voz que nos guiaba a través de Raúl divisamos desde una montaña todas las demás cumbres del valle de La Luna Azul.

 

 

 

Poco a poco fuimos siendo introducidos al conocimiento de aquella zona. Y en un día maravilloso, ascendiendo a la cima de una bella montaña, se nos fue revelando toda la geografía celestial de aquellos bellos lugares.

 

 

 

Allá, en el bello monte que poseen al frente, será situado un gran templo donde la luz del melodioso color del señor el Moria habitará. A su izquierda, en aquella otra montaña, se situará el templo maravilloso de las magias del señor Germán. Un poco más atrás, allá en la lejanía donde aquellas nubes se ven, se situarán los bellos y grandes arcángeles que darán protecciones a todos los seres que habiten en los tiempos venideros en este lugar. Desde allí – seguía dictándonos Rama -  guardiarán  las legiones de ángeles que poseerán igualmente su templo sagrado situado en una de las altas montañas del bello valle.. Y allí en medio de la espesura de la selva, donde se yergue en altivez aquella gran montaña, estará situado el gran trono del señor sembrador Mer. Allí deberán ustedes de llegar. No será ahora. Será más adelante luego de algunos años”.

 

 

 

Y fue así como aquella primera visual de este maravilloso lugar lleno de árboles de altos metrajes, bañado por innumerables riachuelos de cristalinas aguas, habitado por gentes de altas purezas en sus pensamientos y en sus corazones, nos fue develado.

 

 

 

Un paraíso oculto a nuestros ojos allí yace, un paraíso que necesita ser preparado, cuidado y amado por todos aquellos que lleguen en  busca de la luz del conocimiento que en él se esconde.

 

 

 

Así fue como emprendimos nuestro regreso a casa luego de habernos topado mágicamente con aquel bello y gran lugar. Volveríamos. Todo apenas comenzaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1996: NUESTRO SEGUNDO VIAJE

 

 

 

Dos años habían transcurrido desde cuando viviendo una gran aventura visitamos por primera vez, El Valle de la Luna Azul, el reino sagrado cósmico del Señor Mer.

 

 

 

Este segundo viaje lo haríamos para adentrarnos un poco más en el conocimiento de tales parajes en aquella selva más allá de los andes de América.

 

 

 

Pero comenzaremos nuestro relato con dos maravillosas historias que nuestro amigo Mer, conocedor de los arcanos registros donde los hechos de los hombres plasmados están, nos relataría justo antes y  como preparación de nuestra nueva expedición.

 

 

 

Hace doscientos mil años, el mundo de las estrellas del sistema de Alción, el mundo de las Pléyades, estaba conmocionado. Una gran guerra cósmica que abarcaba amplias extensiones, muchos soles y miles de mundos asolaba la región. Eran muchos y de todas partes los seres que de prisa abandonaban sus bellos planetas huyendo de las grandes batallas que los seres de muchos de ellos daban entre sí.

 

 

 

Fue así como por centurias muchos seres de los mundos de la estrella de Sirio combatieron a otros tantos de los mundos de Lira, convirtiendo en campo de batalla los majestuosos cielos donde las estrellas están.

 

 

 

Muchos planetas fueron destruidos por acción y efecto de los extraordinarios mecanismos de rayos y tecnologías aún inconcebibles para nuestra mente humana.

 

 

 

Pero así fue.

 

 

 

Y fue así también como hombres y mujeres de numerosos sistemas quedaron sin hogar, obligándose a buscar refugio en otros mundos cercanos para dar acogida a su nuevo ámbito de vida.

 

 

 

Viajeros errantes llegaron a un pequeño pero maravilloso mundo que apenas se daba en algunos inicios de elevada conciencia en sus habitantes, un mundo bañado por  las aguas azules y plantado de verdes praderas, árboles y una majestuosa vegetación: la Tierra, la Gaia del Sol.

 

 

 

Aquellos Liras y Sirios que llegaron a nuestro planeta hicieron un pacto de paz que consistía en que tomarían cada uno en sus razas una región y se mantendrían separados y en paz mientras habitaran en ella.

 

 

 

Los seres provenientes de los mundos destruidos  en el sistema de Sirio levantaron sus nuevas moradas en unas tierras recién emergidas del seno de las cálidas aguas del Atlántico, en una gran isla, de hecho gigantesca, que a la postre se conocería con el hombre de la Atlántida. Los Sirios dieron así origen a los Atlantes de la Tierra.

 

 

 

Mientras tanto, los  seres de Lira situaron sus viviendas y el nuevo origen de su civilización en una gran masa de tierra continental situada exactamente en el polo contrario de sus hasta ahora contrincantes Sirios.

 

 

 

Ese gran continente fue llamado con el nombre de Lemuria, con una gran capital llamada Mú, donde habitaban grandes sabios que la invadieron con sus conocimientos. Allí precisamente, fue donde se situó el disco solar de oro.

 

Los Liras dieron origen así a la raza Lemur de la Tierra.

 

 

 

Con los ciclos siguientes los cielos entraron en paz.

 

 

 

De las estrellas llegaron en colosales naves numerosas legiones de Sirios y Liras con el propósito de evacuar a sus hermanos dispersos por los mundos de Pléyades incluyendo a la Tierra.

 

 

 

Y así fue.

 

 

 

Muchos de ellos marcharon de nuevo a sus hogares pero, otros tantos, con el paso de los tiempos, habían creado sus apegos y hecho sus vidas en nuestro planeta y se quedaron definitivamente en él.

 

 

 

Transcurrieron tal vez cien mil o casi ciento cincuenta mil años y con las eras.

 

 

 

Cuando las placas del planeta hicieron sus movimientos, los continentes de Atlántida y Lemuria desaparecieron en las profundidades de las aguas de los mares mientras se dieron a la luz unas renovadas tierras, unas remozadas praderas, unas nuevas islas oceánicas de enormes magnitudes que serian las cunas de las nuevas civilizaciones de nuestro mundo: La América, El África, La Europa, El Asia y La Oceanía.

 

 

 

Muchos Atlantes y Lemures perecieron en los hundimientos, pero otros tantos fueron preservados y aquel remanente emigró hacia las costas de los nuevos mundos.

 

 

 

Cuando los Sirios llegaron a la tierra, tenían una estatura de dos con treinta metros y eran de piel rojiza. Con el paso de los años se fueron mezclando con los habitantes originarios de Atlántida, creando con ello, la raza blanca de la tierra, la raza de los Arios.

 

 

 

Con la paz hecha en las estrellas de Pléyades, fue enviada a La Tierra una comisión de seres del estado Sirio, que recogería y llevarían de vuelta a aquellos que en tiempos pasados habían llegado de allí.

 

 

 

Esta estaba integrada por veinticinco grandes viajeros y aunque no sabemos de los nombres de todos ellos, sí podremos decir que ella estaba comandada por el señor Rá, la señora Osiris y los señores Isis, Horus y Seth.

 

 

 

La Tierra se distingue porque en ella existen los paralelos y los meridianos.

 

El paralelo treinta norte es aquel que divide a nuestro planeta en los países ricos, al norte de él, y los países pobres, al sur.

 

 

 

El esplendor de la Atlántida estaba situado en el paralelo treinta norte con los meridianos setenta a setenta y cinco.

 

 

 

Esta comisión se dio cuenta que estos hombres sirios no solamente eran ya casi hombres humanos, sino que el lugar donde habitaban, estaba próximo a un gran hundimiento.

 

 

 

Esto fue sabido por el comando central de Sirio y como respuesta a ello, se decidió llevar a todos estos habitantes de Atlántida por el paralelo treinta hacia el oriente, hasta el meridiano treinta y dos, donde hoy está situada la ciudad del Cairo.

 

 

 

Fueron muchos los que escucharon el llamado y partieron hacia aquellas nuevas tierras.

 

 

 

La raza originaria de la Tierra es la raza negra. Cuando los Arios llegaron a aquellas tierras, se fueron inmiscuyendo con la raza humana del planeta.

 

 

 

Con el transcurrir de varios cientos o quizás miles de años muchos Arios que aún no se habían mezclado con la raza negra se revelaron y con ello partieron hacia otras tierras donde querían preservar su raza fue así como los antiguos Atlantes llegaron a las costas del Mediterráneo, los unos al sur de los Balcanes de la Península Itálica y de otras regiones cercanas, y los otros al norte de Europa en lo que hoy es Alemania, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Holanda y parte de Francia creando con ello la civilización que aún hoy conserva ciertos rasgos Arios.

 

 

 

Mientras tanto, los Lemures que escaparon de los cambios que modificaron el dibujo de nuestra esfera llegaron a las costas del Pacifico de un joven continente, Sur de América, en lo que hoy corresponde a Perú y Bolivia, en la región de Tiahuanaco.

 

 

 

Otros tantos cambiaron su rumbo llegando a las islas y las regiones costeras de una gran masa de Tierra de los países del Asia.

 

Los Lemures fueron la raíz primaria de la raza amarilla de hoy en día, los Asiáticos, al igual que de una de las más grandes civilizaciones ancestrales de nuestra América: los bellos y grandes Incas.

 

 

 

La guerra había terminado pero el principio de división entre los seres de Sirio y de Lira, no. Y era necesario que aquellas dos razas hermanas, ahora contrarias, entraran de nuevo en el ámbito del amor y de la hermandad de la luz.

 

 

 

Para ello sería necesario un acto sagrado de reconciliación cósmica para que todos aquellos espíritus Liras, Sirios y de otras muchas más estrellas que hoy hacen su vida evolutiva en cuerpos de la Tierra pero que deben continuar su camino en las estrellas que les pertenecen, así lo hicieran.

 

 

 

Eso era parte de la labor que en aquella ocasión nuestro gran amigo Mer nos encomendó y era muy importante hacerlo pues muchas veces había existido la voluntad y la intención cósmica  de hacerlo, pero todas habían fracasado. Uno de esos intentos nos fue relatado por Mer de la siguiente manera:

 

 

 

Hace cuarenta y dos mil años, antes de que las islas de la Lemuria iniciaran su hundimiento, una pequeña pero gran comunidad habitaba sus praderas. Esta civilización poseía un líder, un jefe, un rey, pero no un rey de imperios insagrados sino un hombre lleno de altos conocimientos y de elevada conciencia que llevaba a su pueblo por los caminos de la prosperidad, la paz, la alegría y del amor.

 

 

 

Su nombre era Mai.

 

 

 

Mai poseía altas y frecuentes comunicaciones con los seres del cielo que en naves de las estrellas llegaban para visitarle e intercambiar altos conceptos de vida universal, siempre en compañía de su bella y gran esposa, llamada Incaja.

 

 

 

En una ocasión recibió Mai a unos invitados estelares que llegaron ante él y su pueblo para brindarle su amistad.

 

 

 

Sin embargo, fue tal la perturbación y la conmoción que ello causó en la población, que presa del miedo pidió a Mai, junto con su esposa, que se alejaran de aquel lugar.

 

 

 

Habiéndolo hecho llegaron a las costas del actual Perú fundando allí una ciudad de alta espiritualidad, de gran moral y de prosperidad.

 

Cuando se produjo la incrustación subterránea de la gran placa oceánica en las profundidades continentales de la joven América, una gran masa de montañas se irguió a las alturas formando con ello la cordillera de los Andes.

 

 

 

Allí la ciudad de Mai, al igual que la antigua Tiahuanaco y muchas otras quedaron trepadas en las cimas andinas.

 

 

 

Dentro de los amigos de Mai e Incaja existían muchos de mundos lejanos que poseían un gran secreto, un secreto de tales maravillas, que despertó la ambición de seres de mundos negativos de otros lares que comenzaron a hostigar aquel pacifico pueblo y a sus dirigentes para que le revelaran tal secreto.

 

 

 

Fue así como aquellos amigos acudieron en busca de Mai para que los guardara en la Tierra.  Mai los aceptó.

 

 

 

Con el transcurrir de los tiempos unos seres negativos del espacio supieron que Mai era el depositario sagrado de aquel secreto tan ansiosamente buscado y lo conminaron a que lo entregara.

 

 

 

Mai, fiel a sus amigos, se negó; entonces, los enemigos contrarios pusieron plazo con día y hora límite al buen Mai para que les rebelara el gran secreto. Cuando el plazo cumplió, el indefenso pueblo miraba expectante hacia el este esperando la aparición de las naves de aquellos intrusos ávidos y codiciosos del precioso tesoro de conocimiento universal.

 

 

 

Lo inesperado sucedió: desde las alturas fueron enviados unos rayos de altas tecnologías que en su gran poder magnificaron los tamaños de aquellos hombres y mujeres convirtiéndolos en piedra maciza y con ellos a todos los habitantes.

 

Los espíritus del buen Mai, de su esposa y de su pueblo quedaron atrapados en el sin tiempo y el sin espacio en sus cuerpos de roca, desde allí en adelante. ¿Que sería de ellos?

 

 

 

Mes de julio, año de mil novecientos noventa y seis, como fue dicho.

 

 

 

Un pequeño grupo de quince hombres y mujeres viajamos al Valle de la Luna Azul atravesando extensos parajes, trepando altas cumbres y descendiendo a los valles, con la misión de lograr la reconciliación a nivel cósmico y planetaria de las razas Atlantes y Lemures y a nivel estelar, de los mundos sirios.

 

 

 

Todo este gran acto estaba destinado a ser realizado en un lugar de altas vibraciones energéticas como lo era el Valle de la Luna Azul, bajo la dirección de una gran conciencia universal llena de amores, procedente de una fuente de luz más allá de nuestra galaxia: Mer; y por un puñado de seres con antecedentes de vidas pasadas como Atlantes y Lemures.

 

 

 

A unos doce kilómetros de aquel lugar donde los dos ríos confluían formando la bella Mesopotamia, el bello campo donde el plexo solar de la Tierra despertaba a su luz, se encontraban las montañas donde los templos cósmicos aún dimensionales e invisibles de Jesús, María, Maitreya y el maestro Felipe. Allí fue situado el escenario sagrado donde se daría inicio y culminación a la sagrada reconciliación cósmica de las dos razas hermanas.

 

 

 

Ante un gran anfiteatro pleyadino de unos cincuenta y cuatro millones de seres de todas las latitudes del sistema estelar que acudieron en sus formas astrales y otros en sus formas físicas en naves que se camuflaban en las nubes, comenzó el gran acto precisa y fielmente dirigido por nuestro amigo Mer.

 

 

 

Durante toda la noche, llenos de amores, erguidos ante los cielos por momentos, postrados  ante la Tierra en otros, dictábamos proclamas, llamábamos a las altas jerarquías de un lado y de otro, hacíamos mudras sagrados en honor a la luz y acudíamos a la ley del amor y de la reconciliación.

 

 

 

Un gran acto se hizo y allí se realizo el prodigio de acoplar las leyes milenarias de los antiguos Atlantes con sus hermanos Lemures y para siempre quedó disuelta la ancestral rivalidad. Todo Pléyades se conmovió en alborozos y los Liras se reconciliaron con los Sirios, unificándose la jerarquía estelar.

 

 

 

Tal reconciliación permitió que muchos seres avanzaran en sus escalas evolutivas en las estrellas de Pléyades, desatascando así, como si fuera el pequeño camión de nuestro primer viaje, el recorrido sagrado de la evolución.

 

 

 

La primera parte de nuestra misión estaba hecha.

 

 

 

Luego, retornamos del Valle de la Luna Azul a Lima y de allí nos encumbramos a más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, a una gran meseta llamada la Meseta de Marcahuasi, una explanada inmensa de kilómetros y kilómetros de extensión, ocupada por grandes figuras en piedra, tanto humanas como de animales, aquellas que habían despertado la curiosidad y el interés de muchas y muchas personas y aun de los científicos, para quienes aquellos monolitos eran siempre una incógnita. Nosotros ya lo sabíamos: era el pueblo de Mai congelado, esperando para ser liberado de su prisión.

 

 

 

De nuevo fue nuestro gran amigo Mer quien dirigía la magna obra.

 

 

 

Raúl, nuestro gran contacto y canal, dispuso su cuerpo y prestó su voz para que el buen Mer, bajo un manto sagrado y maravilloso de estrellas, tomase la batuta divina de gran sinfonía cósmica que iríamos a ejecutar un puñado de entusiastas y determinados habitantes de la Tierra.

 

 

 

Las proclamas se dictaron, las autorizaciones de las altas jerarquías fueron dadas y la liberación de Mai y su gran pueblo se realizó. Así, aquellos hombres milenarios fueron a sus mundos de correspondencia.

 

 

 

Mai fue a Sirio y ya de nuevo he encarnado en la Tierra para hacer la obra que le corresponde en los tiempos de cambio que se avecinan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1997: LA CONQUISTA DEL GUARDIÁN

 

 

 

El año de mil novecientos noventa y siete fue de mucha importancia para nuestra misión en las tierras peruanas. En esta ocasión nuestro retiro en el Valle de la Luna Azul fue llamado por nuestro gran amigo Mer, “La Conquista de los Templos”.

 

 

 

Te diremos de qué se trató todo aquello; pero, comenzaremos diciéndote lo siguiente: la luz universal, aquel principio divino sobre el cual toda la creación se sustenta y se sostiene, llega desde su origen, desde la fuente primaria de donde todo proviene, Dios, a todos los confines de la misma a través de grandes y elevadas conciencias universales, que son como por decir, seres no corporales sino hechos de la esencia misma de la luz y que tienen como misión tomar la luz divina y repartirla en todas las direcciones del universo hasta alcanzar cada estrella y cada mundo de él.

 

 

 

Es así como un enorme Sol, llamado el gran sol central galáctico, que habita el centro y es el núcleo y eje de nuestra vía láctea, se conecta a través de la luz con los niveles más elevados de la creación y por ella con Dios.

 

 

 

La luz que recibe el sol central es dirigida por este, a su vez, hacia numerosos cúmulos de estrellas que habitan en nuestra galaxia, siendo una de ellas la estrella Alción de las Pléyades y desde Alción a otras mil cuatrocientas cinco estrellas, incluyendo a la de Sirio, las de Orión y nuestro propio Sol. Por este nos llega a nosotros la luz universal y por ella la vida es posible en nuestro mundo.

 

 

 

La luz es la vida.

 

 

 

Ahora bien, cuando la luz universal va discurriendo por este gran sendero a través de los espacios y los tiempos de la creación, su rayo primigenio de color blanco incandescente, primoroso y maravilloso, descompone sus frecuencias formando rayos de colores: azul violeta, amarillo, rosa, verde, naranja y otros más, que poseen en sí mismos, una cualidad, una destreza, una propiedad, una virtud que se desprende de su particularidad forma de vibrar.

 

 

 

Dicho de otra forma: todos los colores que nuestros sentidos perciben no son más que el producto de la división, en franjas, de un rayo primigenio que nos llega desde los confines del universo a través de nuestro sol.

 

 

 

Pero, ¿qué es lo más maravilloso de todo esto?

 

 

 

Muchos, miles de millones de millones de seres del universo, vamos en pos de aquella fuente desde donde la luz se emana. Vamos buscando la luz y vamos buscando a Dios. Sucede entonces, que en el largo sendero unos van adelante y otros un poco más atrás; pero todos iguales, vamos buscando la luz.

 

 

 

Es así como los más adelantados se constituyen en guías o monitores de aquellos que vamos un poco más atrás. Y a su vez, aquellos que van un poco más adelante, poseen también guías y mentores que los llevan por el camino de la luz.

 

 

 

Se crea así una gran Hermandad de la Luz, una gran jerarquía Blanca, que va como una gran escalera de peldaños de evolución, hacia Dios y esa jerarquía tiene como misión cuidar y guardar que el brillo sagrado de la luz universal bañe a cada ser de la creación y lo proteja de las mentes de los seres oscuros, aquellos que han renunciado a su legado divino.

 

 

 

Es así como las altas jerarquías asignan en cada galaxia, en cada sistema planetario, en cada mundo y en cada sol, a un ser o a un grupo de seres para que protejan las frecuencias luminosas de los rayos de colores, las gobiernen y las dirijan.

 

 

 

Cada color posee su regente, que hace su obra a través del rayo que guarda y maneja.

 

 

 

De allí lo de Saint Germán y el rayo violeta, el Moria y el rayo amarillo y otros más.

 

 

 

Y, ¿que tiene que ver todo esto con el viaje al Perú que los miembros de la Casa de Sirio iniciamos en mil novecientos noventa y siete?

 

 

 

Pues que en dicho año sucedió uno de los acontecimientos más importantes para la historia de nuestro grupo y de la Tierra misma en el ámbito de lo cósmico y lo celestial: Por primera vez en algo más de diez mil años un rayo sagrado de color blanco resplandeciente llegaría de los confines mismos, no de la galaxia, sino de la creación, para plantearse en nuestra Tierra y por él iniciar un ciclo de gran apertura de conciencia individual y colectiva para la raza humana que haría que muchos de nosotros, miles y miles de hombres y mujeres de todo el planeta que poseyeran en su interior una pequeña llama de amor, fuera avivada en sus corazones para acelerar enormemente su despertar al amor y a la luz universales y librar a nuestro mundo de un final próximo y seguro causado por el peso de la inconsciencia y del egoísmo humanos.

 

 

 

Aquel rayo sagrado sería enviado a fecha y hora exacta por un gran jerarca universal, por una conciencia magna, padre y regidor de veintiuna galaxias, un Aur universal, un gran señor: Rama, el señor de la Luz.

 

 

 

Y una vez aquella centella magnificente viajara desde trillones de años por tiempos y espacios universales y tocara nuestro mundo, descompondría su vibrar en su multicolor gama de colores, de donde surgirían los verdes, los violetas, los amarillos y todos los otros “rayos hijos”, desplegando sus fuerzas y nitidez hacia la conciencia dormida de todos los hombres para hacerla más grande y preciosa.

 

 

 

Pero para que todo eso se diera era necesario brindar a tal obra un escenario sagrado, colocar una puerta cósmica, crear una antena especial a través de la cual el gran rayo de Rama penetrara a nuestro mundo y esa antena estaría situada en la montaña más alta y más guardada, la más escarpada y la más magnífica de aquella hermosa región: la montaña sagrada del Guardián, el templo del señor Mer.

 

 

 

Y con ella, las otras altas y hermosas cumbres del Valle de la Luna Azul serían el asiento de los templos cósmicos de los guardianes de los rayos de la luz.

 

 

 

Para eso tendríamos que viajar como los años anteriores y organizados en varias comisiones, partir rumbo a la conquista de aquellas cimas guardadas durante centurias, esperando el momento destinado a ser asiento de las llamas sagradas donde las frecuencias de la luz habitan.

 

 

 

Durante cuatro días caminamos por la espesura del bosque de la húmeda y cálida selva peruana hasta llegar al pié de monte donde se iniciaban los escarpados ascensos.

 

 

 

Ninguno de nosotros era alpinista o siquiera aficionado a las travesías propias de los que gustan de tales peripecias, pero poseíamos una labor y la convicción firme de nuestra búsqueda, así que iniciamos paciente pero firmemente nuestra marcha cuesta arriba.

 

 

 

En ocasiones atravesábamos pantanos o riachuelos cristalinos; en otras pasábamos por debajo de las raíces de frondosos árboles de caucho de más de doce o trece metros de altura. Al finalizar la tarde limpiábamos una pequeña área en el lugar más plano que pudiéramos encontrar y allí plantábamos nuestro campamento, para partir de nuevo a las cinco del meridiano, rayando el alba.

 

 

 

Al final del cuarto día de marcha alcanzamos la cima y nos preparamos para iniciar la ceremonia sagrada de la llegada de la luz de Rama.

 

Y así fue hecho igual por todas las comisiones en las diferentes montañas del Valle de La Luna Azul.

 

 

 

Por otros cuatro días, en el silencio solemne de las montañas vírgenes, entramos en meditación profunda, en proclamas a los altos cielos, en cantos mántricos y muchos más bellos actos que constituían la fórmula mágica para dar cabida a la llegada de lo majestuoso.

 

 

 

Descendimos nuevamente para reunirnos otra vez los ochenta y tantos que fuimos en aquella ocasión. Los siguientes días fueron ocupados por momentos de altas alegrías y ayudas médicas, de sanación, de consejo, de educación y otras muchas con las bellas comunidades de aquellos parajes y por muchas y muchas horas de alegres y profundas lecciones que Mer y muchos otros seres celestiales canalizados a través de Raúl, nos brindaron cotidianamente.

 

 

 

Así se cumpliría el propósito de aquel viaje.

 

 

 

 

 

EL RETIRO DEL AÑO 2000: LA LLEGADA DE GABRIEL ARCÁNGEL

 

 

 

 

 

Nuestro gran amigo Mer ha ido llevando, con su sabiduría, la secuencia ordenada de cada uno de los retiros hechos por La Casa de Sirio en el Valle de La Luna Azul.

 

 

 

El año 2000 fue el año del nuevo sol y ese sol era el Arcángel Mayor entre los Mayores: Gabriel, Gabriel del Sol, la fortaleza de los cielos Sirios, el portador de la trompeta del inicio de los tiempos y de sus finales.

 

 

 

La misión de aquella ocasión era adentrarnos en el Valle de la Luna Azul y establecernos en una pequeña vereda, alejados de todo poblado y de toda civilización. Allí se haría la mágica ceremonia que traería a Gabriel a nuestro mundo y le abriría las puertas de la Tierra, para que a partir de allí y por siempre en adelante, el gran Arcángel tomara posesión de nuestro planeta a través del rayo azul, el de la voluntad sagrada, el de la defensa, el de la protección.

 

 

 

Gabriel fue canalizado por Raúl y hablando por su palabra y obrando por su cuerpo, plantó la luz azul en el corazón de cada uno de los asistentes y en la propia Tierra.

 

 

 

Fue un acto maravilloso que cósmicamente debía darse para que al año siguiente pudiera despertarse el Disco Solar de Oro, en su primera etapa.

 

 

 

 

 

 

 

Perú 2002

 

 

 

Año dos mil dos. Nuestro décimo viaje al país Peruano donde ya poseemos grandes y buenos amigos en cada una de las regiones y los poblados por los que transcurre nuestro camino en aquellas hermosas tierras. El viaje al Perú es nuestro encuentro de encuentros anual, el retiro más importante de nuestra actividad como Hermandad Blanca de La Casa de Sirio. Pero este año era diferente, este año era especial. Una gran tarea nos esperaba allí, una gran labor aguardaba nuestros pasos para ser traída a su realización.

 

 

 

Y una gran cita nos puso nuestro bello y gran amigo Mer:

 

 

 

“Los espero en mi bella montaña sagrada para iniciar el encender que dará inicios al vibrar majestuoso de mi bello Disco Solar de Oro. Los espero en la gran montaña del Guardián. Allí haremos unos bellos actos llenos de fortalezas, de amores y de grandes vibrares que darán ante el gran Disco el toque sagrado que lo encenderá, poco a poco, a su nuevo vivir. Será magnífico y será solemne. Jamás permitiré que ese bello y gran mundo de la Tierra sea destruido por el peso de sus desamores y de su inconciencia.

 

Yo soy Mer, un bello sembrador de vida. Yo soy Mer, un bello sembrador de amores. Yo soy Mer, un bello señor sagrado que simplemente llega desde lejanas galaxias más allá de la de ustedes para enseñarles qué es vivir en el universo. Soy el enemigo número uno del Apocalipsis. Soy el enemigo número uno de la destrucción que tú creas. Por eso les he preparado.

 

Y por eso ahora les entrego mi bello Disco Sagrado, para que sean ustedes, en unión a muchos otros, los bellos señores de su mundo que no permitan que él se destruya.

 

Solamente necesito quinientas fuentes, quinientos seres de la Tierra llenos de amores, de alegrías y de elegancias espirituales para hacer mi misión. El buen Raúl a quien tanto amo ya se está preparando para serlo. El es mi gran tesoro en la Tierra.

 

Y lo voy a llevar y a todos ustedes, a encender su propia fuente interior. Vayan allí, a la gran montaña. Llénense de amores propios, llénense de valor, y no se permitan no ir. Será el acto más majestuoso de su mundo en los últimos doce o trece mil años. Los espero ahí para encender, por un gran toque, el bello Disco que habita la base de mi bello templo del Guardián. Allí conectaremos el Sol central Pleyadino de Alción con ese bello Disco. Ahí encenderemos la gran luz dorada que llega desde lejanas estrellas para que se sitúe por siempre en su mundo.

 

Eso será lo que haremos allí en esa bella cumbre. Setenta y dos horas bastarán para hacerlo. Amigos bellos de la Casa de Sirio: los espero ahí. Oh bien?

 

 

 

Fue así como durante más de dos meses preparamos nuestras mentes y nuestros cuerpos para ser aquellos hombres y mujeres que llenos de amorosa determinación, de voluntad férrea, de propósito  firme y de músculos de acero, iniciáramos nuestra travesía por los bosques selváticos, la espesa maleza y las empinadas cuestas que nos llevarían a la más alta y sagrada de todas las cumbres de cuantas silenciosas allí viven y que como colosos gigantes se aposentan sobre aquella región.

 

 

 

“Guardián aquí voy, te voy a conquistar con todos los míos; te alcanzaré allí en tu cima y te llevaré flores y amores desde mi corazón...”

 

 

 

Así cantaba la canción que en nuestro corazón vivía, ya como ideal, ya como alegría, ya como marcha de comandante de aquellos que van con su bandera en alto en pos de alcanzar su máximo anhelo.

 

 

 

Morral al hombro y frente en alto iniciamos nuestra marcha una bella mañana de sol en perfecta fila india. En bellos y pacientes burrillos, acompañados de guías y algunos cargadores de la región, transportábamos las provisiones comunitarias, aquellas destinadas a ser el sustento de sesenta y tres hombres y mujeres llenos de amores por la labor emprendida. Cantando íbamos, llenos de alegrías; alegres pero atentos, felices pero vigilantes para evitar ser tomados por sorpresa quizá por aquellos seres oscuros, no visibles ante los ojos de la carne, pero perceptibles cuando se tienen las centellas de la intuición encendidas, que no desean de ninguna manera que la luz del universo reine en nuestro bello mundo ni en nuestros corazones.

 

 

 

Dormíamos en plena selva, en improvisados pero cómodos refugios construidos entre la espesura del bosque y con espacio suficiente para levantar una buena carpa. Cenábamos con el entusiasmo propio de largas jornadas de a pié.

 

 

 

Y luego, una guitarra, una fogata y sesenta y tres gargantas que al compás del silencio de aquella majestuosa selva, entonaban cantos hechos casi una oración: “Allí donde la vida, la luz y la hermandad… allí donde la magia y el corazón… del hombre y su gran reino, el reino y su gran Dios, se hacen uno solo y no dos… soy hermano, soy hermano del gran universo”...

 

 

 

Al tercer día, cuando cayó la tarde y los arreboles anunciaban la llegada de la noche alcanzamos la sagrada cumbre; allí estábamos, quemados por el sol, sedientos a más no poder, pero felices, alegres y danzantes por haber llegado. Y por primera vez para muchos una hermosa visión dejaba se hacia poema ante nuestras miradas: un manto sublime de miles de estrellas cobijaba nuestras cabezas con su inmensidad. Así nos arropó la noche y con la satisfacción de la prueba que se vence, de la cita que se cumple y de la obra que se inicia, entregamos nuestros ojos al sueño, en la jornada más anhelada de las tantas vividas durante tantos años.

 

 

 

Estábamos en la cima del Guardián. Sería nuestra primera noche allí, pero la última para el bello Disco, la última de sus miles de ensueño.

 

 

 

 

 

 

 

El sol despuntó al oriente con sus dorados matices y ya nosotros aguardándole estábamos. Durante los siguientes dos días nuestras horas llenas eran con meditaciones, cantos, danzas, proclamas y bellas y altas ceremonias que nuestro gran amigo Mer nos dictaba a mañana y noche, cuando a través de Raúl nos dirigía sus palabras. Esa era la preparación, una preparación necesaria para elevar nuestra vibración interior a las alturas propias que se requería para acceder al toque cósmico del bello tambor sagrado del Disco Solar que yacía a cientos de metros bajo nuestros pies.

 

 

 

Poco a poco lo fuimos haciendo, paso a paso el buen Mer nos fue llevando para situarnos ante la puerta sagrada del momento exacto donde el primer tañido de luz llegaría desde las grandes alturas, penetrara por la cima de la montaña, con todos nosotros allí erguidos en sagrada posición, descendiera cual centella de mil soles por la vena centro del coloso monte y retumbara con la fuerza de un millón de estrellas en el mismo corazón del majestuoso Disco.

 

 

 

Y así fue.

 

 

 

A hora exacta así fue. La proclama mayor del hombre encomendado por el señor Mer para ser allí su voz retumbó cual trueno a los cuatro vientos: un zumbido como el de un millón de insectos se escuchó entonces; y la mirada interna de nuestros cerrados ojos recogidos en sagrada comunión con el sublime momento se tiñeron de repente de un tinte naranja que todo lo cubrió.

 

 

 

Si abrías los ojos, verías la noche. Pero al cerrarlos para ella y abrirlos a tu corazón, verías aquel resplandor aurífico que todo lo penetraba.

 

 

 

Y ese zumbido… qué zumbido, como aquel que produce un gran reactor o una gran turbina esas que el hombre crea cuando represa las aguas de los caudalosos ríos.

 

 

 

El Disco fue iniciado, el Disco fue encendido, pero no en su magnitud total.

 

 

 

Nos diría Mer que todo sería poco a poco, como aquella vida que regresa de un largo sueño, como todo lo que es hecho en el universo. En unos pocos días de un dos por ciento de intensidad, sería llevado por el mismo Mer y por sus grandes y bellos ayudadores al treinta, quizá al cuarenta por ciento de su resonar.

 

 

 

Fue el acto más grande y majestuoso de cuantos se hicieron ahí. Y por supuesto, en aquella hermosa cumbre y ante el asta mayor de su cima una bandera fue plantada y el propio Mer, lleno de amores y de gloriosas palabras, instituyó un templo sagrado de iniciación destinado a encender la fuente sagrada de la luz que habita en el templo interior del corazón de cada hombre que desee, por el llamado de su voz interior, hacer de sí mismo una fuente encendida de luz para su mundo.

 

 

 

La cima del templo del Guardián es desde entonces un lugar de iniciación sagrado, un nuevo Tibet, un nuevo Keops, un nuevo Shangri-la de la Tierra, adonde llegará todo aquel que desee hacer de sí, un faro de luz. Allí habita la luz del Disco para él y desde la montaña, para todo el bello mundo de la Tierra de Gaia.

 

 

 

De la montaña sagrada descendimos con nuestro corazón un poco más vivo, más vibrante, más lleno de luz. Volvimos a nuestras casas con la satisfacción de la labor cumplida. Volvimos para prepararnos durante un año para la siguiente llegada porque de nuevo el Guardián nos aguarda, para encender la llama que habita en nuestro corazón.

 

 

 

Eso será Perú 2003: La Iniciación Sagrada de nuestro corazón a la luz sagrada del Universo, El retiro del año del Esplendor.