PERÚ 2002

Año dos mil dos. Nuestro décimo viaje al país Peruano donde ya poseemos grandes y buenos amigos en cada una de las regiones y los poblados por los que transcurre nuestro camino en aquellas hermosas tierras. El viaje al Perú es nuestro encuentro de encuentros anual, el retiro más importante de nuestra actividad como Hermandad Blanca de La Casa de Sirio. Pero este año era diferente, este año era especial. Una gran tarea nos esperaba allí, una gran labor aguardaba nuestros pasos para ser traída a su realización.

Y una gran cita nos puso nuestro bello y gran amigo Mer:

“Los espero en mi bella montaña sagrada para iniciar el encender que dará inicios al vibrar majestuoso de mi bello Disco Solar de Oro. Los espero en la gran montaña del Guardián. Allí haremos unos bellos actos llenos de fortalezas, de amores y de grandes vibrares que darán ante el gran Disco el toque sagrado que lo encenderá, poco a poco, a su nuevo vivir. Será magnífico y será solemne. Jamás permitiré que ese bello y gran mundo de la Tierra sea destruido por el peso de sus desamores y de su inconciencia.
Yo soy Mer, un bello sembrador de vida. Yo soy Mer, un bello sembrador de amores. Yo soy Mer, un bello señor sagrado que simplemente llega desde lejanas galaxias más allá de la de ustedes para enseñarles qué es vivir en el universo. Soy el enemigo número uno del Apocalipsis. Soy el enemigo número uno de la destrucción que tú creas. Por eso les he preparado.
Y por eso ahora les entrego mi bello Disco Sagrado, para que sean ustedes, en unión a muchos otros, los bellos señores de su mundo que no permitan que él se destruya.
Solamente necesito quinientas fuentes, quinientos seres de la Tierra llenos de amores, de alegrías y de elegancias espirituales para hacer mi misión. El buen Raúl a quien tanto amo ya se está preparando para serlo. El es mi gran tesoro en la Tierra.
Y lo voy a llevar y a todos ustedes, a encender su propia fuente interior. Vayan allí, a la gran montaña. Llénense de amores propios, llénense de valor, y no se permitan no ir. Será el acto más majestuoso de su mundo en los últimos doce o trece mil años. Los espero ahí para encender, por un gran toque, el bello Disco que habita la base de mi bello templo del Guardián. Allí conectaremos el Sol central Pleyadino de Alción con ese bello Disco. Ahí encenderemos la gran luz dorada que llega desde lejanas estrellas para que se sitúe por siempre en su mundo.
Eso será lo que haremos allí en esa bella cumbre. Setenta y dos horas bastarán para hacerlo. Amigos bellos de la Casa de Sirio: los espero ahí. Oh bien?”

Fue así como durante más de dos meses preparamos nuestras mentes y nuestros cuerpos para ser aquellos hombres y mujeres que llenos de amorosa determinación, de voluntad férrea, de propósito firme y de músculos de acero, iniciáramos nuestra travesía por los bosques selváticos, la espesa maleza y las empinadas cuestas que nos llevarían a la más alta y sagrada de todas las cumbres de cuantas silenciosas allí viven y que como colosos gigantes se aposentan sobre aquella región.

“Guardián aquí voy, te voy a conquistar con todos los míos; te alcanzaré allí en tu cima y te llevaré flores y amores desde mi corazón...”

Así cantaba la canción que en nuestro corazón vivía, ya como ideal, ya como alegría, ya como marcha de comandante de aquellos que van con su bandera en alto en pos de alcanzar su máximo anhelo.

Morral al hombro y frente en alto iniciamos nuestra marcha una bella mañana de sol en perfecta fila india. En bellos y pacientes burrillos, acompañados de guías y algunos cargadores de la región, transportábamos las provisiones comunitarias, aquellas destinadas a ser el sustento de sesenta y tres hombres y mujeres llenos de amores por la labor emprendida. Cantando íbamos, llenos de alegrías; alegres pero atentos, felices pero vigilantes para evitar ser tomados por sorpresa quizá por aquellos seres oscuros, no visibles ante los ojos de la carne, pero perceptibles cuando se tienen las centellas de la intuición encendidas, que no desean de ninguna manera que la luz del universo reine en nuestro bello mundo ni en nuestros corazones.

Dormíamos en plena selva, en improvisados pero cómodos refugios construidos entre la espesura del bosque y con espacio suficiente para levantar una buena carpa. Cenábamos con el entusiasmo propio de largas jornadas de a pié.

Y luego, una guitarra, una fogata y sesenta y tres gargantas que al compás del silencio de aquella majestuosa selva, entonaban cantos hechos casi una oración: “Allí donde la vida, la luz y la hermandad… allí donde la magia y el corazón… del hombre y su gran reino, el reino y su gran Dios, se hacen uno solo y no dos… soy hermano, soy hermano del gran universo”...

Al tercer día, cuando cayó la tarde y los arreboles anunciaban la llegada de la noche alcanzamos la sagrada cumbre; allí estábamos, quemados por el sol, sedientos a más no poder, pero felices, alegres y danzantes por haber llegado. Y por primera vez para muchos una hermosa visión dejaba se hacia poema ante nuestras miradas: un manto sublime de miles de estrellas cobijaba nuestras cabezas con su inmensidad. Así nos arropó la noche y con la satisfacción de la prueba que se vence, de la cita que se cumple y de la obra que se inicia, entregamos nuestros ojos al sueño, en la jornada más anhelada de las tantas vividas durante tantos años.

Estábamos en la cima del Guardián. Sería nuestra primera noche allí, pero la última para el bello Disco, la última de sus miles de ensueño.

El sol despuntó al oriente con sus dorados matices y ya nosotros aguardándole estábamos. Durante los siguientes dos días nuestras horas llenas eran con meditaciones, cantos, danzas, proclamas y bellas y altas ceremonias que nuestro gran amigo Mer nos dictaba a mañana y noche, cuando a través de Raúl nos dirigía sus palabras. Esa era la preparación, una preparación necesaria para elevar nuestra vibración interior a las alturas propias que se requería para acceder al toque cósmico del bello tambor sagrado del Disco Solar que yacía a cientos de metros bajo nuestros pies.

Poco a poco lo fuimos haciendo, paso a paso el buen Mer nos fue llevando para situarnos ante la puerta sagrada del momento exacto donde el primer tañido de luz llegaría desde las grandes alturas, penetrara por la cima de la montaña, con todos nosotros allí erguidos en sagrada posición, descendiera cual centella de mil soles por la vena centro del coloso monte y retumbara con la fuerza de un millón de estrellas en el mismo corazón del majestuoso Disco.

Y así fue.

A hora exacta así fue. La proclama mayor del hombre encomendado por el señor Mer para ser allí su voz retumbó cual trueno a los cuatro vientos: un zumbido como el de un millón de insectos se escuchó entonces; y la mirada interna de nuestros cerrados ojos recogidos en sagrada comunión con el sublime momento se tiñeron de repente de un tinte naranja que todo lo cubrió.

Si abrías los ojos, verías la noche. Pero al cerrarlos para ella y abrirlos a tu corazón, verías aquel resplandor aurífico que todo lo penetraba.

Y ese zumbido… qué zumbido, como aquel que produce un gran reactor o una gran turbina esas que el hombre crea cuando represa las aguas de los caudalosos ríos.

El Disco fue iniciado, el Disco fue encendido, pero no en su magnitud total.

Nos diría Mer que todo sería poco a poco, como aquella vida que regresa de un largo sueño, como todo lo que es hecho en el universo. En unos pocos días de un dos por ciento de intensidad, sería llevado por el mismo Mer y por sus grandes y bellos ayudadores al treinta, quizá al cuarenta por ciento de su resonar.

Fue el acto más grande y majestuoso de cuantos se hicieron ahí. Y por supuesto, en aquella hermosa cumbre y ante el asta mayor de su cima una bandera fue plantada y el propio Mer, lleno de amores y de gloriosas palabras, instituyó un templo sagrado de iniciación destinado a encender la fuente sagrada de la luz que habita en el templo interior del corazón de cada hombre que desee, por el llamado de su voz interior, hacer de sí mismo una fuente encendida de luz para su mundo.

La cima del templo del Guardián es desde entonces un lugar de iniciación sagrado, un nuevo Tibet, un nuevo Keops, un nuevo Shangri-la de la Tierra, adonde llegará todo aquel que desee hacer de sí, un faro de luz. Allí habita la luz del Disco para él y desde la montaña, para todo el bello mundo de la Tierra de Gaia.

De la montaña sagrada descendimos con nuestro corazón un poco más vivo, más vibrante, más lleno de luz. Volvimos a nuestras casas con la satisfacción de la labor cumplida. Volvimos para prepararnos durante un año para la siguiente llegada porque de nuevo el Guardián nos aguarda, para encender la llama que habita en nuestro corazón.

Eso será Perú 2003: La Iniciación Sagrada de nuestro corazón a la luz sagrada del Universo, El retiro del año del Esplendor.