1996: NUESTRO SEGUNDO VIAJE

Dos años habían transcurrido desde cuando viviendo una gran aventura visitamos por primera vez, El Valle de la Luna Azul, el reino sagrado cósmico del Señor Mer.

Este segundo viaje lo haríamos para adentrarnos un poco más en el conocimiento de tales parajes en aquella selva más allá de los andes de América.

Pero comenzaremos nuestro relato con dos maravillosas historias que nuestro amigo Mer, conocedor de los arcanos registros donde los hechos de los hombres plasmados están, nos relataría justo antes y como preparación de nuestra nueva expedición.

Hace doscientos mil años, el mundo de las estrellas del sistema de Alción, el mundo de las Pléyades, estaba conmocionado. Una gran guerra cósmica que abarcaba amplias extensiones, muchos soles y miles de mundos asolaba la región. Eran muchos y de todas partes los seres que de prisa abandonaban sus bellos planetas huyendo de las grandes batallas que los seres de muchos de ellos daban entre sí.

Fue así como por centurias muchos seres de los mundos de la estrella de Sirio combatieron a otros tantos de los mundos de Lira, convirtiendo en campo de batalla los majestuosos cielos donde las estrellas están.

Muchos planetas fueron destruidos por acción y efecto de los extraordinarios mecanismos de rayos y tecnologías aún inconcebibles para nuestra mente humana.

Pero así fue.

Y fue así también como hombres y mujeres de numerosos sistemas quedaron sin hogar, obligándose a buscar refugio en otros mundos cercanos para dar acogida a su nuevo ámbito de vida.

Viajeros errantes llegaron a un pequeño pero maravilloso mundo que apenas se daba en algunos inicios de elevada conciencia en sus habitantes, un mundo bañado por las aguas azules y plantado de verdes praderas, árboles y una majestuosa vegetación: la Tierra, la Gaia del Sol.

Aquellos Liras y Sirios que llegaron a nuestro planeta hicieron un pacto de paz que consistía en que tomarían cada uno en sus razas una región y se mantendrían separados y en paz mientras habitaran en ella.

Los seres provenientes de los mundos destruidos en el sistema de Sirio levantaron sus nuevas moradas en unas tierras recién emergidas del seno de las cálidas aguas del Atlántico, en una gran isla, de hecho gigantesca, que a la postre se conocería con el hombre de la Atlántida. Los Sirios dieron así origen a los Atlantes de la Tierra.

Mientras tanto, los seres de Lira situaron sus viviendas y el nuevo origen de su civilización en una gran masa de tierra continental situada exactamente en el polo contrario de sus hasta ahora contrincantes Sirios.

Ese gran continente fue llamado con el nombre de Lemuria, con una gran capital llamada Mú, donde habitaban grandes sabios que la invadieron con sus conocimientos. Allí precisamente, fue donde se situó el disco solar de oro.
Los Liras dieron origen así a la raza Lemur de la Tierra.

Con los ciclos siguientes los cielos entraron en paz.

De las estrellas llegaron en colosales naves numerosas legiones de Sirios y Liras con el propósito de evacuar a sus hermanos dispersos por los mundos de Pléyades incluyendo a la Tierra.

Y así fue.

Muchos de ellos marcharon de nuevo a sus hogares pero, otros tantos, con el paso de los tiempos, habían creado sus apegos y hecho sus vidas en nuestro planeta y se quedaron definitivamente en él.

Transcurrieron tal vez cien mil o casi ciento cincuenta mil años y con las eras.

Cuando las placas del planeta hicieron sus movimientos, los continentes de Atlántida y Lemuria desaparecieron en las profundidades de las aguas de los mares mientras se dieron a la luz unas renovadas tierras, unas remozadas praderas, unas nuevas islas oceánicas de enormes magnitudes que serian las cunas de las nuevas civilizaciones de nuestro mundo: La América, El África, La Europa, El Asia y La Oceanía.

Muchos Atlantes y Lemures perecieron en los hundimientos, pero otros tantos fueron preservados y aquel remanente emigró hacia las costas de los nuevos mundos.

Cuando los Sirios llegaron a la tierra, tenían una estatura de dos con treinta metros y eran de piel rojiza. Con el paso de los años se fueron mezclando con los habitantes originarios de Atlántida, creando con ello, la raza blanca de la tierra, la raza de los Arios.

Con la paz hecha en las estrellas de Pléyades, fue enviada a La Tierra una comisión de seres del estado Sirio, que recogería y llevarían de vuelta a aquellos que en tiempos pasados habían llegado de allí.

Esta estaba integrada por veinticinco grandes viajeros y aunque no sabemos de los nombres de todos ellos, sí podremos decir que ella estaba comandada por el señor Rá, la señora Osiris y los señores Isis, Horus y Seth.

La Tierra se distingue porque en ella existen los paralelos y los meridianos.
El paralelo treinta norte es aquel que divide a nuestro planeta en los países ricos, al norte de él, y los países pobres, al sur.

El esplendor de la Atlántida estaba situado en el paralelo treinta norte con los meridianos setenta a setenta y cinco.

Esta comisión se dio cuenta que estos hombres sirios no solamente eran ya casi hombres humanos, sino que el lugar donde habitaban, estaba próximo a un gran hundimiento.

Esto fue sabido por el comando central de Sirio y como respuesta a ello, se decidió llevar a todos estos habitantes de Atlántida por el paralelo treinta hacia el oriente, hasta el meridiano treinta y dos, donde hoy está situada la ciudad del Cairo.

Fueron muchos los que escucharon el llamado y partieron hacia aquellas nuevas tierras.

La raza originaria de la Tierra es la raza negra. Cuando los Arios llegaron a aquellas tierras, se fueron inmiscuyendo con la raza humana del planeta.

Con el transcurrir de varios cientos o quizás miles de años muchos Arios que aún no se habían mezclado con la raza negra se revelaron y con ello partieron hacia otras tierras donde querían preservar su raza fue así como los antiguos Atlantes llegaron a las costas del Mediterráneo, los unos al sur de los Balcanes de la Península Itálica y de otras regiones cercanas, y los otros al norte de Europa en lo que hoy es Alemania, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Holanda y parte de Francia creando con ello la civilización que aún hoy conserva ciertos rasgos Arios.

Mientras tanto, los Lemures que escaparon de los cambios que modificaron el dibujo de nuestra esfera llegaron a las costas del Pacifico de un joven continente, Sur de América, en lo que hoy corresponde a Perú y Bolivia, en la región de Tiahuanaco.

Otros tantos cambiaron su rumbo llegando a las islas y las regiones costeras de una gran masa de Tierra de los países del Asia.
Los Lemures fueron la raíz primaria de la raza amarilla de hoy en día, los Asiáticos, al igual que de una de las más grandes civilizaciones ancestrales de nuestra América: los bellos y grandes Incas.

La guerra había terminado pero el principio de división entre los seres de Sirio y de Lira, no. Y era necesario que aquellas dos razas hermanas, ahora contrarias, entraran de nuevo en el ámbito del amor y de la hermandad de la luz.

Para ello sería necesario un acto sagrado de reconciliación cósmica para que todos aquellos espíritus Liras, Sirios y de otras muchas más estrellas que hoy hacen su vida evolutiva en cuerpos de la Tierra pero que deben continuar su camino en las estrellas que les pertenecen, así lo hicieran.

Eso era parte de la labor que en aquella ocasión nuestro gran amigo Mer nos encomendó y era muy importante hacerlo pues muchas veces había existido la voluntad y la intención cósmica de hacerlo, pero todas habían fracasado. Uno de esos intentos nos fue relatado por Mer de la siguiente manera:

Hace cuarenta y dos mil años, antes de que las islas de la Lemuria iniciaran su hundimiento, una pequeña pero gran comunidad habitaba sus praderas. Esta civilización poseía un líder, un jefe, un rey, pero no un rey de imperios insagrados sino un hombre lleno de altos conocimientos y de elevada conciencia que llevaba a su pueblo por los caminos de la prosperidad, la paz, la alegría y del amor.

Su nombre era Mai.

Mai poseía altas y frecuentes comunicaciones con los seres del cielo que en naves de las estrellas llegaban para visitarle e intercambiar altos conceptos de vida universal, siempre en compañía de su bella y gran esposa, llamada Incaja.

En una ocasión recibió Mai a unos invitados estelares que llegaron ante él y su pueblo para brindarle su amistad.

Sin embargo, fue tal la perturbación y la conmoción que ello causó en la población, que presa del miedo pidió a Mai, junto con su esposa, que se alejaran de aquel lugar.

Habiéndolo hecho llegaron a las costas del actual Perú fundando allí una ciudad de alta espiritualidad, de gran moral y de prosperidad.
Cuando se produjo la incrustación subterránea de la gran placa oceánica en las profundidades continentales de la joven América, una gran masa de montañas se irguió a las alturas formando con ello la cordillera de los Andes.

Allí la ciudad de Mai, al igual que la antigua Tiahuanaco y muchas otras quedaron trepadas en las cimas andinas.

Dentro de los amigos de Mai e Incaja existían muchos de mundos lejanos que poseían un gran secreto, un secreto de tales maravillas, que despertó la ambición de seres de mundos negativos de otros lares que comenzaron a hostigar aquel pacifico pueblo y a sus dirigentes para que le revelaran tal secreto.

Fue así como aquellos amigos acudieron en busca de Mai para que los guardara en la Tierra. Mai los aceptó.

Con el transcurrir de los tiempos unos seres negativos del espacio supieron que Mai era el depositario sagrado de aquel secreto tan ansiosamente buscado y lo conminaron a que lo entregara.

Mai, fiel a sus amigos, se negó; entonces, los enemigos contrarios pusieron plazo con día y hora límite al buen Mai para que les rebelara el gran secreto. Cuando el plazo cumplió, el indefenso pueblo miraba expectante hacia el este esperando la aparición de las naves de aquellos intrusos ávidos y codiciosos del precioso tesoro de conocimiento universal.

Lo inesperado sucedió: desde las alturas fueron enviados unos rayos de altas tecnologías que en su gran poder magnificaron los tamaños de aquellos hombres y mujeres convirtiéndolos en piedra maciza y con ellos a todos los habitantes.
Los espíritus del buen Mai, de su esposa y de su pueblo quedaron atrapados en el sin tiempo y el sin espacio en sus cuerpos de roca, desde allí en adelante. ¿Que sería de ellos?

Mes de julio, año de mil novecientos noventa y seis, como fue dicho.

Un pequeño grupo de quince hombres y mujeres viajamos al Valle de la Luna Azul atravesando extensos parajes, trepando altas cumbres y descendiendo a los valles, con la misión de lograr la reconciliación a nivel cósmico y planetaria de las razas Atlantes y Lemures y a nivel estelar, de los mundos sirios.

Todo este gran acto estaba destinado a ser realizado en un lugar de altas vibraciones energéticas como lo era el Valle de la Luna Azul, bajo la dirección de una gran conciencia universal llena de amores, procedente de una fuente de luz más allá de nuestra galaxia: Mer; y por un puñado de seres con antecedentes de vidas pasadas como Atlantes y Lemures.

A unos doce kilómetros de aquel lugar donde los dos ríos confluían formando la bella Mesopotamia, el bello campo donde el plexo solar de la Tierra despertaba a su luz, se encontraban las montañas donde los templos cósmicos aún dimensionales e invisibles de Jesús, María, Maitreya y el maestro Felipe. Allí fue situado el escenario sagrado donde se daría inicio y culminación a la sagrada reconciliación cósmica de las dos razas hermanas.

Ante un gran anfiteatro pleyadino de unos cincuenta y cuatro millones de seres de todas las latitudes del sistema estelar que acudieron en sus formas astrales y otros en sus formas físicas en naves que se camuflaban en las nubes, comenzó el gran acto precisa y fielmente dirigido por nuestro amigo Mer.

Durante toda la noche, llenos de amores, erguidos ante los cielos por momentos, postrados ante la Tierra en otros, dictábamos proclamas, llamábamos a las altas jerarquías de un lado y de otro, hacíamos mudras sagrados en honor a la luz y acudíamos a la ley del amor y de la reconciliación.

Un gran acto se hizo y allí se realizo el prodigio de acoplar las leyes milenarias de los antiguos Atlantes con sus hermanos Lemures y para siempre quedó disuelta la ancestral rivalidad. Todo Pléyades se conmovió en alborozos y los Liras se reconciliaron con los Sirios, unificándose la jerarquía estelar.

Tal reconciliación permitió que muchos seres avanzaran en sus escalas evolutivas en las estrellas de Pléyades, desatascando así, como si fuera el pequeño camión de nuestro primer viaje, el recorrido sagrado de la evolución.

La primera parte de nuestra misión estaba hecha.

Luego, retornamos del Valle de la Luna Azul a Lima y de allí nos encumbramos a más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, a una gran meseta llamada la Meseta de Marcahuasi, una explanada inmensa de kilómetros y kilómetros de extensión, ocupada por grandes figuras en piedra, tanto humanas como de animales, aquellas que habían despertado la curiosidad y el interés de muchas y muchas personas y aun de los científicos, para quienes aquellos monolitos eran siempre una incógnita. Nosotros ya lo sabíamos: era el pueblo de Mai congelado, esperando para ser liberado de su prisión.

De nuevo fue nuestro gran amigo Mer quien dirigía la magna obra.

Raúl, nuestro gran contacto y canal, dispuso su cuerpo y prestó su voz para que el buen Mer, bajo un manto sagrado y maravilloso de estrellas, tomase la batuta divina de gran sinfonía cósmica que iríamos a ejecutar un puñado de entusiastas y determinados habitantes de la Tierra.

Las proclamas se dictaron, las autorizaciones de las altas jerarquías fueron dadas y la liberación de Mai y su gran pueblo se realizó. Así, aquellos hombres milenarios fueron a sus mundos de correspondencia.

Mai fue a Sirio y ya de nuevo he encarnado en la Tierra para hacer la obra que le corresponde en los tiempos de cambio que se avecinan.