Queridos amigos de la Casa de Sirio:

Este año nuevamente, como lo hemos hecho ya por espacio de los diez anteriores, nos alistamos para emprender un nuevo viaje a una hermosa región situada en las cercanías de la Selva Amazónica Peruana. Allí, donde los manantiales brotan puros y limpios y las aves surcan libres los firmamentos; allí donde la vida, la luz y la hermandad, allí haremos un bello retiro llamado “El Retiro del Esplendor”.

Llegaremos al “Valle de la Luna Azul” de la mano de nuestros grandes amigos del cielo.

Nuestro buen amigo Mer, aquel gran sabio de la Antigua Lemuria conocido entonces como Aramu Muru, quien es hoy el gran Abad del mundo intraterreno de Miztlitlán y en compañía de su aspecto cósmico femenino, la señora Mara, gran Abadesa del Monasterio del Lago Titicaca o Retiro Interior, serán nuestros anfitriones en esta gran cita cósmica a la que llegaremos llenos de ánimos, amores y alegrías.

Ahí, en el corazón de ese bello Valle, habita una montaña, la más alta de cuantas allí yerguen al cielo sus cimas. Su nombre es la montaña sagrada, el Monte del Guardián o El Templo de La Vida.

Pero… ¿qué es lo que guarda aquel silencioso coloso que enarbola hacia el sol sus cumbres? Y ¿cuál trono sagrado se planta ante aquella tierra virgen?

Hace muchos años, varios miles tal vez, una gran raza de sabios habitó en un continente en medio de las frías aguas del Pacifico. Lemuria era su nombre. Ahí los hombres convivían en paz y armonía, eran de altas inteligencias y manejaban las magias de los cristales y los elementos, con la fuerza de las mentes y la armonía de su ser.

En el corazón de aquella gran civilización existía una montaña que era el núcleo de la vida espiritual de esta raza de sabios.

En su cima, plantada cual corona resplandeciente, los Lemures protegieron un Gran Disco Sagrado, hecho del más puro metal de oro; tan puro que era casi translúcido y su luz tan intensa, tan supremamente resplandeciente, que radiaba iluminando hasta cientos de kilómetros a su rededor.

Por ese gran Disco, los Lemures, dirigidos por el Consejo de los Sabios de Lemuria, hacían grandes maravillas: calmaban la furia de las tormentas del agua, del fuego y del aire que alguna que otra vez alzaban su voz. Hacían por él, crecer las cosechas. Movían por él, grandes moles de piedras para fabricar sus templos iniciáticos y sus pirámides sagradas.

Por la vibración de ese gran Disco, que era guardado por el gran abad del templo del Disco Solar como era por ellos llamado, calmaban terremotos y hasta traspasaban dimensiones de tiempos y espacios para llegar desde y a otros mundos aún allende de nuestro propio sistema solar.

Cuando el tiempo de los Lemures fue llegando a su fin, como es propio de las eras y los ciclos de los mundos de la creación, uno de aquellos sabios ancianos fue encomendado para llevar a un nuevo lugar el afamado Disco que sería la antorcha de la nueva y gran civilización que allí florecería.

Fue así como el señor Aramu-Muru en compañía de Arama-Mara, lo tomó y partieron juntos hacia una Tierra continental recién emergida del seno cálido del océano madre: La América del sur.

Cruzando los espacios hallaron cerca de las costas del pacifico, una altiplanicie que a miles de metros sobre el nivel del mar aún alojaba en su centro una gran extensión de agua salobre: habían llegado al lago Titicaca.

Aramu-Muru, el gran Mer, depositó el sagrado Disco en las profundidades del melodioso lago del Titicaca, en espera de que en un futuro aún por llegar, la conciencia de una renovada civilización alcanzara las alturas donde el amor y la bondad habitan, para ser de nuevo encendido y despertado para irradiar su luz y el conocimiento en un nuevo amanecer para la raza humana.

Las centurias corrieron y con ellas las eras.
Llegó el momento sagrado de cambiar de nido al mágico Disco.

Fue así que Aramu-Muru penetró las profundidades de las cristalinas aguas del Titicaca y en un vehículo sagrado, construido con el saber de las altas tecnologías de los sabios Lemures, emergió de ellas para surcar rasante los cielos y dirigirse a las cálidas tierras más allá de las llanuras y mesetas, en busca de una región resguardada por colosales tallos, bañada por manantiales cristalinos a doquier y donde las aves silvestres, los bellos caimanes y los felinos indómitos convivían en paz y armonía, no tocados jamás por la flama ardiente de la ley del fuego.

Aquella sería la tierra elegida para ser el habitáculo sagrado de tan maravilloso tesoro.

Pero este no era un tesoro medido en quilates, aunque de oro puro fuera. Este Disco era valioso, magnífico y formidable porque se constituía en sí mismo en la representación sagrada y el depositario divino del conocimiento universal de la energía, la fuerza y la luz llegadas a este bello mundo desde los mismísimos confines de la galaxia.

Este Disco Solar fue encendido por pedido y decreto de los grandes consejos supremos del universo, los portadores de la luz del conocimiento y construido por la mano propia de los seres creadores, aquellos sembradores que galopan los mundos universales plantando en ellos la semilla de la ley de Dios.

Sus ciento cuarenta y cuatro toneladas y sus cuarenta metros de diámetro fueron así posadas plácidamente bajo los pies de la gran montaña que dominaba imponente la imperturbable paz de ese precioso edén.


Transcurrieron muchos siglos que le dieron al tiempo sus aromas y los relojes universales sus pasos a la evolución de la creación, y un bello corazón de luz hecho Disco refulgente esperaba paciente para ser traído de nuevo al pálpito sagrado de la vida... Siempre estuvo allí… Solamente estaba dormido…Y aguardaba.