VIAJE PRIMERO: LA CONQUISTA DEL VALLE

De la mano de nuestro nuevo guía y amigo tomamos un autobús con destino a la ciudad de Juliaca desde donde emprenderíamos rumbo al anhelado “Valle de Mer”.

Luego de un día de preparativos y de visitar algunos mercados, nos enrutamos en dirección a las montañas, donde las nieves son perpetuas y el sol brilla como el diamante.

Lejos estábamos de imaginar cuántos momentos, peripecias y aventuras pronto viviríamos.

El día corría y la noche se acercaba.

Y en aquel pequeño y destartalado busecillo pasábamos las horas mirando asombrados aquella magnitud de blancura; paisaje solamente interrumpido por algunos rebaños de alpacas y llamas salvajes que cruzaban libres por allí.

La noche llegó. Y con ella el frío.

Acurrucábamos nuestros cuerpos en aquellas incómodas banquillas. Tiritábamos del frío, tal vez porque nunca pensamos que en la búsqueda del maravilloso Valle tuviéramos que cruzar las cumbres más altas de las montañas de América.

Para algunos la noche fue extenuante, pero entusiastas compartimos nuestras mantas y aquellos que se habían hecho a un buen par de guantes de alpaca desnudaban sus manos para permitir que algunos otros, menos precavidos o afortunados, trajesen algo de calor a sus coyunturas.

La noche fue larga pero la determinación era alta y grande y poco a poco, con la llegada del alba, comenzamos a descender de aquellos empinados riscos por unas trochas tan supremamente estrechas como jamás habíamos visto.

Con la llegada del sol fuimos levantando nuevamente nuestras alegrías y seguimos nuestro viaje entonando hermosas canciones.

De vez en vez nos deteníamos ya era para evacuar nuestras cargadas vejigas, ya para preparar algún improvisado sándwich de queso, o para estirar nuestros engarrotados miembros, sin dejar de aprovechar la ocasión para tomar algunas fotografías de aquellos desconocidos e indómitos parajes.

Conforme íbamos descendiendo el clima se tornaba más tropical y aquel paisaje árido de nevados y estepas poco a poco se fue cambiando por verdes montañas; ya veíamos arbustos y árboles y escuchábamos a las aves cantar.

Comenzamos a encontrar gente de la región, ataviados con sus multicolores vestidos típicos.

Su tez era cobriza, sus ojos y cabellos negros color azabache y sin un solo vello en sus barbas, hablaban para nosotros un lenguaje inentendible.

Fuimos cruzando pueblitos y poblados y para la caída de la tarde del segundo día de nuestra travesía ya no quedaba rastro de las blancas nieves.

Eso sí, en épocas de lluvias, como eran aquellas, todo fue reemplazado paulatinamente por barriales y lodazales.

Veíamos pasar gigantescos camiones cargados de gentes con unas llantas de un tamaño inconmensurable apenas hechas para soportar aquellos terrenos no aptos para los cómodos automóviles en los que acostumbrábamos viajar.

Nuestro bus parecía una pequeña hormiguilla comparado con aquellos monumentales Volvos de gasolina diesel. No fueron una, ni dos, ni tres sino tal vez seis o siete u ocho las veces que atascados y plantados quedamos en cualquier lodazal de aquellos caminos.

Nuestros vestidos blancos y de colores alegres, para el comienzo de la noche, eran solo un recuerdo. Estábamos llenos de lodo y barro, pues llego el momento donde los privilegiados pasajeros de aquella expedición tuvimos que unirnos a la plantilla de conductores y ayudantes, si queríamos que nuestra nave despegara afuera de aquellos pantanos.

Finalmente, la noche se adentró para encontrarnos en el medio de ninguna parte, sin saber dónde dormir ni qué hacer.

Qué grandeza y qué belleza era todo aquello.

Persistíamos firmes en nuestro propósito; tal vez algunos decaían en su ánimo pero aquellos otros firmes en la determinación de seguir adelante, los animaban y abrazándonos renovábamos nuestro espíritu y nos uníamos para continuar lo que juntos habíamos iniciado.

Pasamos la noche en una pequeña escuela abandonada de un recóndito paraje del bello Perú.

Y con la mañana se reinició la marcha.

Para entonces, el conductor del bus había roto su compromiso diciéndonos que no continuaría más con nosotros. Sin ninguna opción a diálogo dio media vuelta, dejándonos allí a la vera del camino.

El reto era seguir adelante y así lo hicimos.

Fue necesario dejar a la vera del camino muchos implementos que representaban para nosotros la comodidad, pero que para el momento constituían no más que un lastre en nuestras espaldas.

Empacamos en los morrales solamente lo más necesario, lo que pudiéramos cargar y a pié continuamos nuestra marcha hasta llegar a un pequeño pero bello y gran poblado lleno de amores y de melodías sagradas donde sus habitantes y en particular un sacerdote chileno, el Padre Gabriel, nos acogió en sus brazos, abriéndonos de par en par las puertas de su iglesia y de su escuela para que pudiéramos descansar de aquellos días de dificultades.

Bañamos nuestros cuerpos, rasuramos nuestras barbas, cambiamos nuestros ropajes y dimos a nuestros paladares un manjar de sabrosas y dulces frutas tropicales: naranjas, mandarinas, papayas. Y también pan fresco y bebidas calientes.

Qué delicia fue todo eso.

Allí conseguimos nuevamente un transporte, un hombre que se ofreció a llevarnos más adelante en nuestro empeño de encontrar el Valle Sagrado, esta vez no al interior de un cómodo bus sino en el mismo volco de un enorme camión. Todos tomamos nuestros sitios dispuestos a continuar nuestra jornada.

Avanzamos en aquellas seis u ocho horas más distancias que la recorrida en las últimas cuarenta y ocho, hasta que finalmente, en un enorme lodazal, nuestro caballo de acero plantó sus llantas y no se movió más.

Durante más de cinco horas, algo más de cuarenta o cincuenta hombres sin distingo de origen e idioma, compartimos el propósito común de esforzarnos hasta el límite buscando mover el pesado gigante para continuar con nuestra aventura. Pero no era posible.

En un momento determinado nos propuso Raúl que le pidiéramos al gran señor Mer que nos sacara de aquel atolladero; inmediatamente nos colocamos en posición de recogimiento haciendo aquella petición.

En los siguiente quince minutos, como por arte de magia, estábamos ya raudos de nuevo en nuestro camión para ir a buscar el lugar donde daríamos a nuestros cansancios la bella melodía del sueño reparador.

Era la tercera noche desde nuestra salida de Juliaca. Grande era el haber sabido ahora que estábamos entrando en los reinados del Señor Mer. Cerca estábamos de nuestro objetivo y eso nos animó a seguir más.

Nuevamente fueron los grandes y empolvados salones de una escuela rural aquellos destinadas a dar asiento a nuestras bolsas de dormir.
Allí pasamos la noche.

A la mañana siguiente fue de nuevo Raúl quien alegremente nos despertó diciendo -He recibido un mensaje que dice así: “Honores, honores, honores a ustedes los altos Señores de la Tierra, valientes y hermosos. Los altos Señores de las jerarquías blancas Universales de los mundos de Sirio, de los mundos de Orión, de los mundos de Lura, de los mundos de Eridiani, de los mundos de Hércules, de los mundos de Taigeta, de Merope, de Coele, de Alción y de muchos otros lares, les envían de sus saludes y de sus altas felicitaciones porque han llegado al lugar de lugares de su bello planeta. Están en las puertas de lo llamado por ustedes “El Valle de la Luna Azul”. Están aposentados en los bellos reinos del gran Señor Mer. De ahora en adelante Él será su bello y gran anfitrión. Él les cuidará y les protegerá. Allí nada les sucederá. Grabados están cada uno de sus nombres en los registros akásicos del Sistema Solar y aún de los Grandes Sistemas de las estrellas de Pléyades. Honores, honores a ustedes”.

Todos saltábamos de alegrías porque nuestra misión iba muy bien encaminada.

Elevamos cantos llenos de amores, de melodías y de altas bellezas como quien hace un brindis solemne ante la labor hecha con total determinación.

Empacamos nuestras cosas y morral al hombro seguimos un poco más adentro dispuestos a encontrar una pequeña zona situada en la convergencia de dos ríos.

Ésta era quizás la única referencia, la única pista, una señal sobre el destino final de nuestros pasos. Pero faltaba aquello, encontrar una nueva Mesopotamia, una nueva tierra entre dos ríos. Allí plantaríamos nuestras carpas para decir por fin ¡Hemos llegado!

Y no fue difícil.

Unas dos o tres horas más adelante hallaríamos una pequeña zona situada en la convergencia de dos grandes ríos, el Valle de los dos ríos, el Valle de la Luna Azul.

Y en un selvático bosque cubierto de árboles de mandarina, papayas y paltas abrimos espacio y asentamos nuestras carpas.

Allí, a través de una canalización hecha por Raúl, nos dijo el maestro Rama:

“Han llegado Ustedes a lo que llaman el Chacra del Plexo Solar de su mundo. Ese será el nuevo centro de las altas energías de su bello planeta. Antes lo fue Egipto y por ello de las Pirámides. Luego lo fue el Tíbet. Hoy es y será el Valle de la Luna Azul”

Estas fueron las palabras que el maestro Rama dictaba en relación con el lugar donde plantamos nuestro campamento. No eran arroyos cristalinos, no eran verdes praderas de suaves y delicados pastos lo que encontramos allí. Era selva virgen, bosque sagrado, un mundo aún no tocado por la mano de la civilización.

Y ésta fue la respuesta que de nuevo, ante nuestras inquietudes silenciosas y ante nuestros pensamientos dudosos, el maestro Rama nos respondió:

“Ése será el nuevo paraíso de su bello mundo. ¿Acaso piensan que si los altos seres del cielo no hubiesen cuidado tan hermosamente bien en las leyes naturales, en las selvas, en aquellas bella aguas y vegetaciones que ustedes califican en su pensamiento humano de incomodidades, habrían encontrado hoy el nuevo centro de iluminación de su humanidad? El Ser humano siempre es de destruir y destruir y destruir su mundo, de sus animales, de sus aires, de sus aguas, de sus tierras, de sus mares y aún de su propio ser de hermano. Si este bello lugar fuese lo que ustedes dan del pensar en sus mentes, la codicia de los hombres ya le hubiera destruido. No califiquen lo que no entienden. Allí hay un paraíso, escondido ante sus ojos. Acábenlo de construir. Para eso les he llevado allí. Esa es su gran misión”

Y durante más de una semana estuvimos recorriendo aquellos bellos parajes.

De la mano de aquella bella voz que nos guiaba a través de Raúl divisamos desde una montaña todas las demás cumbres del valle de La Luna Azul.

Poco a poco fuimos siendo introducidos al conocimiento de aquella zona. Y en un día maravilloso, ascendiendo a la cima de una bella montaña, se nos fue revelando toda la geografía celestial de aquellos bellos lugares.

Allá, en el bello monte que poseen al frente, será situado un gran templo donde la luz del melodioso color del señor el Moria habitará. A su izquierda, en aquella otra montaña, se situará el templo maravilloso de las magias del señor Germán. Un poco más atrás, allá en la lejanía donde aquellas nubes se ven, se situarán los bellos y grandes arcángeles que darán protecciones a todos los seres que habiten en los tiempos venideros en este lugar. Desde allí – seguía dictándonos Rama - guardiarán las legiones de ángeles que poseerán igualmente su templo sagrado situado en una de las altas montañas del bello valle.. Y allí en medio de la espesura de la selva, donde se yergue en altivez aquella gran montaña, estará situado el gran trono del señor sembrador Mer. Allí deberán ustedes de llegar. No será ahora. Será más adelante luego de algunos años”.

Y fue así como aquella primera visual de este maravilloso lugar lleno de árboles de altos metrajes, bañado por innumerables riachuelos de cristalinas aguas, habitado por gentes de altas purezas en sus pensamientos y en sus corazones, nos fue develado.

Un paraíso oculto a nuestros ojos allí yace, un paraíso que necesita ser preparado, cuidado y amado por todos aquellos que lleguen en busca de la luz del conocimiento que en él se esconde.

Así fue como emprendimos nuestro regreso a casa luego de habernos topado mágicamente con aquel bello y gran lugar. Volveríamos. Todo apenas comenzaba.