1997: LA CONQUISTA DEL GUARDIÁN

El año de mil novecientos noventa y siete fue de mucha importancia para nuestra misión en las tierras peruanas. En esta ocasión nuestro retiro en el Valle de la Luna Azul fue llamado por nuestro gran amigo Mer, “La Conquista de los Templos”.

Te diremos de qué se trató todo aquello; pero, comenzaremos diciéndote lo siguiente: la luz universal, aquel principio divino sobre el cual toda la creación se sustenta y se sostiene, llega desde su origen, desde la fuente primaria de donde todo proviene, Dios, a todos los confines de la misma a través de grandes y elevadas conciencias universales, que son como por decir, seres no corporales sino hechos de la esencia misma de la luz y que tienen como misión tomar la luz divina y repartirla en todas las direcciones del universo hasta alcanzar cada estrella y cada mundo de él.

Es así como un enorme Sol, llamado el gran sol central galáctico, que habita el centro y es el núcleo y eje de nuestra vía láctea, se conecta a través de la luz con los niveles más elevados de la creación y por ella con Dios.

La luz que recibe el sol central es dirigida por este, a su vez, hacia numerosos cúmulos de estrellas que habitan en nuestra galaxia, siendo una de ellas la estrella Alción de las Pléyades y desde Alción a otras mil cuatrocientas cinco estrellas, incluyendo a la de Sirio, las de Orión y nuestro propio Sol. Por este nos llega a nosotros la luz universal y por ella la vida es posible en nuestro mundo.

La luz es la vida.

Ahora bien, cuando la luz universal va discurriendo por este gran sendero a través de los espacios y los tiempos de la creación, su rayo primigenio de color blanco incandescente, primoroso y maravilloso, descompone sus frecuencias formando rayos de colores: azul violeta, amarillo, rosa, verde, naranja y otros más, que poseen en sí mismos, una cualidad, una destreza, una propiedad, una virtud que se desprende de su particularidad forma de vibrar.

Dicho de otra forma: todos los colores que nuestros sentidos perciben no son más que el producto de la división, en franjas, de un rayo primigenio que nos llega desde los confines del universo a través de nuestro sol.

Pero, ¿qué es lo más maravilloso de todo esto?

Muchos, miles de millones de millones de seres del universo, vamos en pos de aquella fuente desde donde la luz se emana. Vamos buscando la luz y vamos buscando a Dios. Sucede entonces, que en el largo sendero unos van adelante y otros un poco más atrás; pero todos iguales, vamos buscando la luz.

Es así como los más adelantados se constituyen en guías o monitores de aquellos que vamos un poco más atrás. Y a su vez, aquellos que van un poco más adelante, poseen también guías y mentores que los llevan por el camino de la luz.

Se crea así una gran Hermandad de la Luz, una gran jerarquía Blanca, que va como una gran escalera de peldaños de evolución, hacia Dios y esa jerarquía tiene como misión cuidar y guardar que el brillo sagrado de la luz universal bañe a cada ser de la creación y lo proteja de las mentes de los seres oscuros, aquellos que han renunciado a su legado divino.

Es así como las altas jerarquías asignan en cada galaxia, en cada sistema planetario, en cada mundo y en cada sol, a un ser o a un grupo de seres para que protejan las frecuencias luminosas de los rayos de colores, las gobiernen y las dirijan.

Cada color posee su regente, que hace su obra a través del rayo que guarda y maneja.

De allí lo de Saint Germán y el rayo violeta, el Moria y el rayo amarillo y otros más.

Y, ¿que tiene que ver todo esto con el viaje al Perú que los miembros de la Casa de Sirio iniciamos en mil novecientos noventa y siete?

Pues que en dicho año sucedió uno de los acontecimientos más importantes para la historia de nuestro grupo y de la Tierra misma en el ámbito de lo cósmico y lo celestial: Por primera vez en algo más de diez mil años un rayo sagrado de color blanco resplandeciente llegaría de los confines mismos, no de la galaxia, sino de la creación, para plantearse en nuestra Tierra y por él iniciar un ciclo de gran apertura de conciencia individual y colectiva para la raza humana que haría que muchos de nosotros, miles y miles de hombres y mujeres de todo el planeta que poseyeran en su interior una pequeña llama de amor, fuera avivada en sus corazones para acelerar enormemente su despertar al amor y a la luz universales y librar a nuestro mundo de un final próximo y seguro causado por el peso de la inconsciencia y del egoísmo humanos.

Aquel rayo sagrado sería enviado a fecha y hora exacta por un gran jerarca universal, por una conciencia magna, padre y regidor de veintiuna galaxias, un Aur universal, un gran señor: Rama, el señor de la Luz.

Y una vez aquella centella magnificente viajara desde trillones de años por tiempos y espacios universales y tocara nuestro mundo, descompondría su vibrar en su multicolor gama de colores, de donde surgirían los verdes, los violetas, los amarillos y todos los otros “rayos hijos”, desplegando sus fuerzas y nitidez hacia la conciencia dormida de todos los hombres para hacerla más grande y preciosa.

Pero para que todo eso se diera era necesario brindar a tal obra un escenario sagrado, colocar una puerta cósmica, crear una antena especial a través de la cual el gran rayo de Rama penetrara a nuestro mundo y esa antena estaría situada en la montaña más alta y más guardada, la más escarpada y la más magnífica de aquella hermosa región: la montaña sagrada del Guardián, el templo del señor Mer.

Y con ella, las otras altas y hermosas cumbres del Valle de la Luna Azul serían el asiento de los templos cósmicos de los guardianes de los rayos de la luz.

Para eso tendríamos que viajar como los años anteriores y organizados en varias comisiones, partir rumbo a la conquista de aquellas cimas guardadas durante centurias, esperando el momento destinado a ser asiento de las llamas sagradas donde las frecuencias de la luz habitan.

Durante cuatro días caminamos por la espesura del bosque de la húmeda y cálida selva peruana hasta llegar al pié de monte donde se iniciaban los escarpados ascensos.

Ninguno de nosotros era alpinista o siquiera aficionado a las travesías propias de los que gustan de tales peripecias, pero poseíamos una labor y la convicción firme de nuestra búsqueda, así que iniciamos paciente pero firmemente nuestra marcha cuesta arriba.

En ocasiones atravesábamos pantanos o riachuelos cristalinos; en otras pasábamos por debajo de las raíces de frondosos árboles de caucho de más de doce o trece metros de altura. Al finalizar la tarde limpiábamos una pequeña área en el lugar más plano que pudiéramos encontrar y allí plantábamos nuestro campamento, para partir de nuevo a las cinco del meridiano, rayando el alba.

Al final del cuarto día de marcha alcanzamos la cima y nos preparamos para iniciar la ceremonia sagrada de la llegada de la luz de Rama.
Y así fue hecho igual por todas las comisiones en las diferentes montañas del Valle de La Luna Azul.

Por otros cuatro días, en el silencio solemne de las montañas vírgenes, entramos en meditación profunda, en proclamas a los altos cielos, en cantos mántricos y muchos más bellos actos que constituían la fórmula mágica para dar cabida a la llegada de lo majestuoso.

Descendimos nuevamente para reunirnos otra vez los ochenta y tantos que fuimos en aquella ocasión. Los siguientes días fueron ocupados por momentos de altas alegrías y ayudas médicas, de sanación, de consejo, de educación y otras muchas con las bellas comunidades de aquellos parajes y por muchas y muchas horas de alegres y profundas lecciones que Mer y muchos otros seres celestiales canalizados a través de Raúl, nos brindaron cotidianamente.

Así se cumpliría el propósito de aquel viaje.